martes, 26 de enero de 2010

Anécdota

Es claro que cuando, luego de pasado un tiempo imprudente y una está ´sola', sin una fija (que alegremente rima con 'pija'), entra a buscar en los archivos mentales los rastros de algún anterior soldado rescatista.
Una sieeeempre guarda las agendas viejas, incluso las que tenemos de cuando no existían los celulares (Oiga, que algunas solteras aun tenemos esas tradiciones) y, quitándole el polvo del olvido entramos a buscar algún nombre que contenga buenos recuerdos.
Y alguno sieeempre hay, incluso algunoS, entonces tiramos unas cuantas redes, en el mejor de los casos un mediomundo, para ver qué pescamos.
Todos los días religiosamente una revisa qué nos ha traido el mar.
Cuando van pasando los días y no llegan respuestas, o la respuesta es 'me casé tengo 4 bepis y se me cayó el pelo en una medida directamente proporcional a lo que me creció la buzarda, pero si querés podemos...', una no termina de leer porque empieza a deletear, 'next, next' clickea una con la desesperación del que es perseguido por un muerto vivo... porque es efectivamente perseguida por un muerto vivo. (Mis disculpas por las ilusiones desperdiciadas, una también sufre por los estragos del tiempo).
Y se va desesperando, una sensación de fracaso invade la médula espinal con el paso aletargado pero inexorable. De a poco y a medida que van pasando los días se da cuenta de que ya no era como antes, aquellos dorados tiempos en que una levantaba el dedito y había unos cuantos muchachones esperanzados mirándonos con ojos de chicos que esperan abajo de una piñata. Ahora no, ahora cuanto menos somos la piñata. En fin, no quiero herir susceptibilidades, he dicho ya que una sufre los estragos del tiempo, para qué escarbar ahi.
Pero un día, ya cuando nos estábamos haciendo a la idea de abandonar la trinchera de la eterna espera, cuando empezamos a pensar sin querer que un perro, un Caniche Toy por ejemplo no es tan mala compañía porque al menos hace que una se entretenga pensando los gastos que implican las vacunas y eso, ya cuando una se abandona en la heladería como si fuera un mundo de sensaciones aparece, tímido allí, como quien no quiere la cosa, una pequeña línea en negrita en la bandeja de entrada. Uno picó. Uno picó!!! San Revolcón escuchó mi plegaria y se me da. El jueves mojo, me entierran la batata, abro el garaje para cualquier auto que se digne, la pongo... el jueves, finalmente, cojo.
Dejás el Caniche en la heladería y te armás hasta los dientes, te ponés el kit de emergencias que tenés allí apartado desde que empezaste con esta cruzada desesperada (una tanga roja de saten elastizado cuyo hilo dental desaparece inmediatamente después del huesito dulce, un corpiño o 'soutien' al tono con un push up tormentoso pero necesario, unas tetas de plástico blandito para darle fundamento, una pequeña liga que finalmente optás por no ponerme porque no combina con la celulitis)
Y una sale, y que pin que pan, zaraza zaraza. Se termina la botella.
- Querés algo más? - dice él, caballero.
- Sí, claro, lo que sea que se pueda tomar estando horizontal - decís, apurada.
Un guiño y al auto.
- Tu casa o la mia?
- La tuya - (Siempre es mejor irse que echar, pensás)
Y dale que va, palo y a la bolsa. Le damos masita a lo tonto y a lo loco. te sacás todas las ganas juntas.


'Hermoso, memorable... pero es una pena' - repetís en voz baja cuando volvés a casa en taxi con las tetitas en la mano porque no entran en la carterita de bataclana que combinaba con la tanga, entre indignada y dolida porque no pensaste en la opción de ser echada cuando elegiste dónde revolearla.
Y así una llega a su casa y se saca todo vestigio de esa noche, que aunes porque te despacharon antes de que amanezca. Pensas a tirar las tetitas pero te da pena. 'Cuando se me pase la bronca me va a causar gracia', pensás.
Y te vas a dormir, y conciliás el sueño pensando un nombre para el perro.
La desesperación suele llevar a hacer malas elecciones. Las malas elecciones nos devuelven al punto de partida, pero con una mala experiencia.
Al otro día me compré un perro policia, pensé en ponerle 'Reemplazo', 'Desesperación', 'Excusa'. Finalmente le puse 'Dignidad'

martes, 5 de enero de 2010

Otra vez sopa, perdón, sola.

Cuando me vino a decir 'No te quiero más, chau' y se fue, cuando después de un ratito se me pasó el estupor, me encontré sentadita en el rincón de siempre, llorando a mares, rodeada de una alfombra de bollitos de papel viscoso, un rollo de papel higiénico por la mitad y la nariz roja como un borracho.
Luego, y definitivamente, con el paso del tiempo no atravesé todos los estados, como suele decirse, sino que me estanqué en la tristeza más radical y absoluta.
Sentía que se me había salido una pieza fundamental, estaba de pronto renga, manca, muda, vacía de un rato a otro. Me quedé con muchas cosas en el tintero, entre ellas el corazón en muchos pedazos y un nudo en la garganta. Estaba como shockeada. Absolutamente todo pasó a ser secundario, todo lo que me importaba tenía que ver con él.
No podía concebir, más allá del amor perdido y del fracaso (que me excede en este espacio), que todo fuera tan repentino, que todo se hubiera modificado de golpe, que se haya ido a la remierda mi castillo camusiano. Me sentía como en el medio de la nada en tarlipes y sin saber cómo salir de ahí, con el pecho rasgado como si fuera de papel y alguien se hubiera tomado el trabajo de romperlo. Estuve unos días sin poder dormir, subsistiendo a pucho y mate.
Sin que se me pasara la tristeza un día empecé a moverme. Me apegaba con solemnidad, la solemnidad de un chico, a cuanta cadena milagrosa me llegara por email. Me colgué cintitas rojas, hice feng shui, corrí los muebles de lugar, le pregunté a un mazo de cartas por mi destino... pero el teléfono ni de choto sonaba.
Pero un día me dio hambre y morfé con descaro. Y me dio sueño y dormí la noche y la siesta de un tirón. Y cuando me levanté me embadurné y salí. El sábado a la noche dejó de ser un tormento para mi. No me sentía fantástica pero seguía.
Hasta que una noche fui a una fiesta. Medio obligada, medio por un criterio moral, medio por culpa. No había nadie en ese recinto que tuviera menos onda que yo. Estaba depositada en un sillón mirando con rabia a la gente que sonreía. Sin embargo se ve que en elgún momento relajé el cejo porque se me acercó un chiquitín, un duraznito dulce y tierno que me decía 'Mirá lo que sos, y acá sola... cómo te llamás?'
Y en ese segundo en que decidía si le respondía la verdad o cualquier verdura varias cosas me pasaron por la cabeza. Primero me puse nerviosa, se me revolvieron las tripas como si tuviera 12, mientras el seso formaba alegremente la frase 'No... no... qué bardo!' Luego entré a comparar como una marmota (y como si hubiera punto de comparación, por el amor de Dios!) al duraznito en almibar con el otro, el que días antes se habia rajado. Después pensé 'no, qué garrón, otra vez con esto... No estoy para estos trotes. Me tiro al piso y me hago la muerta...'
Luego le sonreí y le dije mi nombre, el posta.
Después de un rato la frutita se fue, seguramente a revolotear por la ensalada de frutas, quizá estaba entretenido pelando el carozo de alguna que otra duraznita más tiernita. No importaba, yo estaba satisfecha. Me puse lip gloss en la trucha y me fui a bailar con las demás.
Cuando terminó la noche y llegué a mi casa (sola y en taxi) aun sonreía, serena. No era tan grave después de todo. Luego de sacarme el maquillaje, me lavé la cara.
Y frente al espejo pensé: estoy vivo todavía.