martes, 25 de agosto de 2009

Sí, me gusta el de 300

Hay una película nueva circulando, con el de '300' (Butler, el mayordomo que todas quisieramos tener, esas abdominales...) y una rubia que es conocida. La promocionan, porque es nueva, diciendo que, palabras más palabras menos, se trata de una historia de amor en el marco de la eterna batalla de los sexos y piripipí. No me llama la atención, más allá de poder ver al tipo en tarlipes (uf!) en alguna escena no la iría a ver. Es más de lo mismo. El tema es que a las mujeres les encanta regodearse en la similitud de las situaciones entre ambos lados de la pantalla. Nos divertimos (dicen) diciéndonos entre nosotras, que ocupamos algunos asientos del cine 'Siii, mirá, es tal cual' o cosas por el estilo. Y basta che, porque es por ese tipo de situaciones que hacen este tipo de películas. Ya está.
Sobre todo porque el público que asiste a esos cines son las que se ponen las polleras color rosa pijama con el swetersito de hilo camello albino, van a la peluquería de forma quincenal y se hacen las francesitas todas las putas semanas de Dios. Y el resto, que somos cada vez más, quedamos por fuera. Y, como si eso no fuera suficiente, terminamos siendo parte de esa cultura si no siniestra, al menos mentirosa.
Un ejemplo.
Una amiga que tengo viviendo lejos me dijo por chat que conoce a un tipo que vive más cerca que está más bueno que la mierda y que le va a pasar mi contacto. Es más, que ya se lo había pasado porque no le importaba y que, en todo caso, que no lo aceptara y listo.
A la siguiente sesión de chat tengo al susodicho esperando mi responso. Y dale, total.
Lo acepté. Me hice la estrecha las dos o tres primeras conversaciones y después cedí.
Que hola, que cómo estas, que qué hacés, que la mar en coche. Hasta que sucedió lo inevitable: Bueno bonita, mandame un foto, seamos amiguitos, que me gustan las de 28 pero vos sos tan madura que me gustas, que intercambiemos fotos así no nos extrañamos, que encendamos las cámaras así nos vemos (Insolente de mierda)
Lo dejé hablar un rato y, al tiempo que me subía la bilirrubina sonaba el chat a lo tonto y a lo loco (Alguien sabe cómo carajo se le saca el volumen sin silenciar todas las demás funciones de la computadora?) hasta que le tuve que poner un coto.
- Sos un salame.
- Qué?
- Que sos un grandísimo salame. El más salame de todos los salames del mundo.
- Por qué decís eso?
- Porque sos un salame.
- Que mala onda que sos.
- No, no soy mala onda, pero me considero un poco más digna de lo que vos admitís. Yo no sé en qué planeta funciona que si le mencionás a una mina, en la primera conversación palabras como 'amiguitos', o que le digas pelotudeces titilantes del tipo 'Ahí te mandé una foto para que después me extrañes' se va a copar con vos, o al menos se va a quedar contenta. Yo entiendo que le saques lustre a la chota pero cambiá la estrategia hermano que así no llegas ni a las de 12. Por eso te digo que sos un salame salame. Porque sos un salame.
O está el que te chapea con el auto, con el lugar al que te lleva.
Está el que de buenas a primera te enumera la lista de paises del mundo que conoce.
No sé, quizá fui un poco bruta cuando le dije que era un salame con pedigree, pero no le dije a él, se lo dije a todos los salames del mundo que creen que las cosas son tan simples.
Debe ser por eso también que me reí tanto cuando viendo el otro día, en el cable, en una película que nunca había visto, admito, por prejuiciosa a tres mujeres que charlaban sobre un encuentro sexual de una de ellas.
- Le dijiste, no?
- Si, le dije: 'oh por Dios, tenes el pene más grande el mundo' y funcionó.
Rescato una frase sublime: 'my body in a movie and your penis is the star!' (lo decían cantando, fabuloso)
Es pura proyección.
Genial.

martes, 18 de agosto de 2009

Zencu

Estaba con mi sobrino, estábamos jugando. él tiene 4 años, casi 5.
Me estaba mostrando sus juguetes. Me decía 'Éste en Ben10. Este es su reloj 'Omnitrix' que hace que se transforme en lo que necesite para luchar contra los malos' mostrándome su muñeca. Y se transfora en éste, que es de fuego, en éste, que es de humo, en éste, que es un fantasma - me los iba mostrando de a uno, de lejos. Así hasta que no tuvo más y a mi se me ocurrió decirle:

- Te falta éste, que es el invisible - dije, haciendo la seña con el pulgar y el índice como la que uno le hace al mozo cuando le pide un café de lejos. Se me quedó mirando, no sabía si creerme o no. Me dijo, dubitativo:
- No... es mentira. Me estás diciendo una mentira.
- No, en serio, no sabés cómo me costó conseguirlo. Es carísimo además.
Me miró desconfiado, miró a su mamá buscando una respuesta, la tuvo, se volvió y me dijo:

- Tia, estás loca.
Acto seguido volvió a jugar con sus muñecos, con los que sí tenía.
Si mi sobrino hubiera sido sobrina se hubiera quedado conmigo rompiéndome las pelotas hasta el hartazgo con el muñeco invisible (psicoanalistas abstenerse por favor) y aunque le hubiera dicho y recontra jurado que era un chiste, que no existía, que yo también estaba jugando, le hubiera entrado por un oído y le hubiera salido por el otro porque lejos de conformarse con los muñecos que ya tiene (sic) se hubiera encajetado con el otro, con el que no existe, con el imposible.
A alguna le suena?
Algún ingenuo, desde su diván dirá: El niño se va a jugar con su 'muñeco' porque lo tiene, es lógico que la niña se quede esperando otro porque a ella le 'falta'.
Y bueno, no es tan simple pero puede ser, puede que no. Que eso no nos disculpe porque es precisamente la divina 'falta' la que atrae más 'muñecos' no al revés (Mafalda dixit).
A veces se trata sólo de romper las pelotas (inherente al género, sabrán disculpar) y otras, la mayoría, sólo se trata del amor.
Porque como dice el francés: amar es dar lo que no se tiene.

viernes, 7 de agosto de 2009

Hombres necios que acusais...

En una publicidad de chocolate pasa lo siguiente: una pareja nueva (todos, absolutamente todos reconocemos cuando una pareja está empezando, es genético) cenan en un restaurante muy lindo, muy pituco, con velitas y todo eso. Cuando terminan ella dice que le gustó el lugar que eligió, que qué rica la comida y piripipí. Y al costado de la pantalla se ve cómo él va sumando puntos (que, en este caso, se cuentan en cuadrados de chocolate). Mientras las luces de las velas se ennoblecen en el brillo de sus ojos, el muchacho pide la cuenta.
Ella sonrie, mira todo y él, príncipe devenido en sapo, le dice: son 180 pesos, vamos 90 y 90? Vos pediste entrada, pero no importa. Claro, perdió todos los puntos.
La publicidad termina diciendo, a favor del chocolate: Ningún hombre es como un chocolate entero.
Más allá de que no es nuevo esto de que el chocolate supera cualquier cosa, libera feromonas, la dopamina explora senderos maravillosos, tampoco es nuevo (y va el segundo Narcicidio) que los hombres no son perfectos, o 'entero', para usar la terminología del comercial.
Entonces emprecé a revisar, a preguntar. Y me encontré con algunos indicadores de la perfidia masculina.
'Las mujeres los quieren perfectos y no los hay. Lo que pasa es que son todas unas histéricas y no hay poronga que les venga bien!' Acotarán a viva voz izando la bandera de la desdicha en un acto patético de victimización chavista.
La mala noticia es que tienen razón. La otra noticia (hola!) es que la histeria masculina viene arrasando con los estándares clásicos de la moda universal. Y, no vaya a ser cosa de que ocurra un tercer Narcicidio, han preferido denominarlos 'metrosexuales', no sea cosa de mancillar su ego herido adjudicándoles un útero. No me hinchen las pelotas, muchachos, que no las tengo.
En esta época de supuesta igualdad, en que las féminas salen a la calle a demostrar que todo lo pueden, el otro género viene a tomar lo peor de nosotras.
Ya está. Es hora de dejar de colgarse del vapuleado 'no existe el hombre ideal' y por atrás ponerse polleras y puintarse las uñetas como Mike Amigorena porque no me gustaría, sería muy triste que en la peluquería la manicura de al lado le esté haciendo las uñas al que maneja el 93. No no, así no es.
Hemos aceptado con dignidad, o estamos en eso, la gélida realidad de no tener todo lo que quisiéramos y andamos, la verdad, que es una barbaridad. Pero eso no implica que tengamos que esperar que se desocupe el baño más tiempo del que nosotras requerimos. No no.
Hay otra publicidad mucho más piola que dice: Volviendo al hombre a su lugar.

Todo lo demás, dejámelo a mi.

sábado, 1 de agosto de 2009

Marta, sos la numero mil.


Recibí un mail el otro día, de esos que alguien mánda a unas 783 personas que no se conocen entre sí. Cuando lo abrí alguien decía que por favor miremos la foto adjunta (que tambien adjunto) que era muy graciosa y piripipí.
Claro, como ustedes, me reí un rato. Acto seguido me angustié, soberanamente me angustié.
No me voy a poner a redactar una nota sobre el trágico apostolado de la mujer golpeada ni es mi intención hacer una movida a favor de los derechos de la mujer porque de eso se encargan los que saben que no es mi caso. Yo me angustié porque muchas alguna vez hemos estado en esa coyuntura. No la de los golpes, la otra, mucho más violenta, la de ceder ciega y absolutamente.
Claro, suponiendo que Marta volvió con GM.
Una amiga me contaba anoche, angustiada (gracias a Dios), cual era su posición en la historia. Vino en situación de harapo cuando, saliendo de su trabajo alrededor de las 22.30 hs, en Pompeya, su pareja le comunica por teléfono, en los peores términos, que no se le ocurra ir para su casa porque él la esperaba a las 9 de la noche, no a la 10 y 10. Porque se supone que siendo viernes a esa hora ya deberían haber comido y estar descansando.

Cuando ella, apunto de explotar por esa excesiva mezcla de impotencia, desconcierto, odio y amor, le dice que acababa de salir de trabajar, él le dice que claro, siempre tiene una excusa.
Luego, cuando la despedí a eso de las 3 de la mañana, borracha y derrotada, pensé que iría de todas formas hasta su casa y le pondría un rompeportones en el culo. Pero no lo hizo (de nuevo, gracias a Dios). Hace un rato volví a hablar con ella y me dijo que ya estaba 'casi resuelto', que habló con él al medio día cuando se despertó. Que él seguía enojado por su demora de anoche, que hoy iban a hablar pero que tenía que esperar a que él la llamara otra vez más tarde porque estaba muy cansado y estresado por el trabajo y principalmente por lo que ella le hizo anoche, porque él trabaja tanto... que él le anticipó por teléfono que ya no le era tan útil, que no le servía tanto de esa manera porque él no sabe si va a sostener que ella no estuviera temprano todas las noches a pesar de que se tratara de su trabajo y de su vida. Porque ya era hora, a esta altura de la vida y a la edad que tiene, de que las cosas se den de esa manera. A él no le sirve de otra forma.

Tambien le dijo que ya no le interesa controlarla, y que eso es signo de que ya no le importa tanto.
No es la primera vez que pasa esto, le dije.
Cada tanto viene a casa con algo similar. Un día me contó que la cagó a gritos porque dejó la ropa tirada en el cuarto, la de ella. Otro día la echó de su casa porque fue a tomar unos mates a la casa de una amiga y llegó media hora más tarde porque se supone que ella debería haber cocinado porque es la mujer de la historia. 'Imaginate, llamó mi mamá y le tuve que mentir diciéndole que estabas cocinando', le dijo.
En otra ocasión no le permitió cambiarse de ropa para el cumpleaños de su mejor amiga porque era tarde y tenía que deviarse del camino. Y una vez en el cumpleaños le hizo tal escena que se tuvieron que ir antes. Sin gloria y con mucha pena.
y todas, todas las veces, la reta con el dedo indice dando directivas.
Y ella cede. Cede todo el tiempo. Cede sin detenerse un segundo a pensar qué pasaría si dejara de hacerlo.

Es imposible negociar con él. A la primera de cambio, cuando le digo algo que quisiera modificar en la relación tira la toalla, se levanta y se va diciendo que las cosas son así, que si no me gustan que me vaya y lo deje tranquilo. Dijo. Pero nunca se va.

Así podría seguir hasta el infinito punto rojo, pero no quiero hacer leña del arbol caído cuando el mensaje ya fue transmitido.
En materia de derecho existe una figura jurídica nominada 'pretensión', que se utiliza a la hora de convenir o 'reconvenir' (otra figura) en un acuerdo o situación.
Por ejemplo. Yo le quería cobrar una guita que me debía el vecino e hice una demanda, la pretensión es 'Cobro de suma de dinero'. El vecino se hizo cargo y me presentó respuesta alegando lo un asunto equis y me dio excusas válidas o fomas de pago, él reconvino con pretensiones
Mi amiga finalmente reconvino ante la demanda (atroz y sin sentido) pero lo hizo sin pretensiones.
Y cada vez que pasa algo así se le achica un poquito el corazón.
Cada vez que veo la foto de Marta me da una puntadita un poco más arriba del ombligo.
Esos son los estragos que hace el miedo a estar solo.