martes, 5 de enero de 2010

Otra vez sopa, perdón, sola.

Cuando me vino a decir 'No te quiero más, chau' y se fue, cuando después de un ratito se me pasó el estupor, me encontré sentadita en el rincón de siempre, llorando a mares, rodeada de una alfombra de bollitos de papel viscoso, un rollo de papel higiénico por la mitad y la nariz roja como un borracho.
Luego, y definitivamente, con el paso del tiempo no atravesé todos los estados, como suele decirse, sino que me estanqué en la tristeza más radical y absoluta.
Sentía que se me había salido una pieza fundamental, estaba de pronto renga, manca, muda, vacía de un rato a otro. Me quedé con muchas cosas en el tintero, entre ellas el corazón en muchos pedazos y un nudo en la garganta. Estaba como shockeada. Absolutamente todo pasó a ser secundario, todo lo que me importaba tenía que ver con él.
No podía concebir, más allá del amor perdido y del fracaso (que me excede en este espacio), que todo fuera tan repentino, que todo se hubiera modificado de golpe, que se haya ido a la remierda mi castillo camusiano. Me sentía como en el medio de la nada en tarlipes y sin saber cómo salir de ahí, con el pecho rasgado como si fuera de papel y alguien se hubiera tomado el trabajo de romperlo. Estuve unos días sin poder dormir, subsistiendo a pucho y mate.
Sin que se me pasara la tristeza un día empecé a moverme. Me apegaba con solemnidad, la solemnidad de un chico, a cuanta cadena milagrosa me llegara por email. Me colgué cintitas rojas, hice feng shui, corrí los muebles de lugar, le pregunté a un mazo de cartas por mi destino... pero el teléfono ni de choto sonaba.
Pero un día me dio hambre y morfé con descaro. Y me dio sueño y dormí la noche y la siesta de un tirón. Y cuando me levanté me embadurné y salí. El sábado a la noche dejó de ser un tormento para mi. No me sentía fantástica pero seguía.
Hasta que una noche fui a una fiesta. Medio obligada, medio por un criterio moral, medio por culpa. No había nadie en ese recinto que tuviera menos onda que yo. Estaba depositada en un sillón mirando con rabia a la gente que sonreía. Sin embargo se ve que en elgún momento relajé el cejo porque se me acercó un chiquitín, un duraznito dulce y tierno que me decía 'Mirá lo que sos, y acá sola... cómo te llamás?'
Y en ese segundo en que decidía si le respondía la verdad o cualquier verdura varias cosas me pasaron por la cabeza. Primero me puse nerviosa, se me revolvieron las tripas como si tuviera 12, mientras el seso formaba alegremente la frase 'No... no... qué bardo!' Luego entré a comparar como una marmota (y como si hubiera punto de comparación, por el amor de Dios!) al duraznito en almibar con el otro, el que días antes se habia rajado. Después pensé 'no, qué garrón, otra vez con esto... No estoy para estos trotes. Me tiro al piso y me hago la muerta...'
Luego le sonreí y le dije mi nombre, el posta.
Después de un rato la frutita se fue, seguramente a revolotear por la ensalada de frutas, quizá estaba entretenido pelando el carozo de alguna que otra duraznita más tiernita. No importaba, yo estaba satisfecha. Me puse lip gloss en la trucha y me fui a bailar con las demás.
Cuando terminó la noche y llegué a mi casa (sola y en taxi) aun sonreía, serena. No era tan grave después de todo. Luego de sacarme el maquillaje, me lavé la cara.
Y frente al espejo pensé: estoy vivo todavía.

1 comentario:

  1. y si! así es...me has hecho recordar viejos momentos poco agradables, allá a lo lejos.

    Esa posibilidad de hacerte la muerta fue grandiosa, habrá que ver cual sería el resultado de hacerla. Ojo que la "muertita" es otra cosa digamos, más cuestionable.

    Algo se termina y otra empieza. Estar en el medio es lo jodido pero paciencia que todo llega.

    besos

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