viernes, 24 de julio de 2009

Mujer, demasiado mujer

Mi hermana me pasó un mail con un mensaje para las mujeres. Emulaba una carta que un supuesto hombre (él, todos los hombres) le escribía a una mujer (ella, todas las mujeres) y decía que las piernas, que la belleza, el pelo largo... el típico en el que él nos dice que no rompamos las pelotas que nos quieren así. Qué se yo, cosas como 'maquillate, que para cara lavada estamos nosotros' o 'tapar esas piernas con un pantalón es como tener un sofá exquisito envuelto y guardado en el sótano' o 'para pelo corto estamos nosotros' o la típica 'no quieras ser raquítica como las modelos de la tv, a nosotros nos gustan las pulposas y curvilínas'. Cuando terminé de leer estaba sonriendo, si me doran la píldora me voy a poner contenta, pero una vez despejados los humos de la virtual dulzura intoxicante en formato de ppt, cada segundo que pasaba me calentaba el marote y mi tierna condescendencia se transformó en una rabiosa ira, transpiraba feminismo (Otra vez ese atisbo)
En ningún momento este buen hombre habló de logros personales, de cuestiones que a una la hacen humana y útil más allá de un adorno que queda bien con el traje blanco de lino de verano para Punta del Este, pensé. Ni un párrafo me remite a que si me tapo las patas no es por verguenza sino porque últimamente está nevando en Buenos Aires, dije en voz baja. Son todos unos reverendos pelotudos que creen que mis horas de sueño pasan por la cantidad de pozos que tengo entre el hueso dulce y las rodillas, esbocé con ahínco. Vayanse todos a la remismísima mierda, putié.
El tema es que cuando cuando fui al baño y me vi en ese espejo gigante y tan endemoniadamente iluminado, de frente, perfil y, por su puesto, de culo, y pude contabilizar los antes mencionados pozos (los muy conchudos se instalaron cuales okupas hace unos cuantos años ya) y me puse a putear como una descontrolada fue él (uno y todos) el que me dijo: Pozos? Pué pozos? Esos? No me importan. Sos hermosa, tengas o no tengas pozos. Vení a la cama, dale.
Me tranquilicé, y fui salticando como un bambi.

Y me volví a sonreir.

viernes, 17 de julio de 2009

'Foto real'


A ver muchachos si la cortamos con la foto cruda y sin ningún tipo de filtro.
Por qué no volvemos a los mensajes subliminales? Eran tan... no sé, subliminales...
Porque ahí las minas corrientes teníamos una chance más. Quiero decir, nosotras no venimos con fotoshop incluido adentro del pantalón, y a la mayoría nos gusta más comer un chori cada tanto o chuparse una buena birra de vez en cuando en lugar de ir a correr por la costanera con 4 grados bajo cero. Qué se yo, la mayoría elegimos por el diván en lugar del gimnasio porque sí, porque el diván perdona, porque permite disfrutar de la vida aunque una tenga celulitis, panza y algunos pelos encarnados ahí donde casi nunca llega el sol.
Me explico? Entonces viene un pelotudo que volantéa una foto de un culo de una nena de 18 años (hermoso y suavecito por naturaleza), en cuatro, que dice ‘partime en ocho’ y vos la mirás así y yo quedo en falta.
Vos me dirás con derecho: ‘no todo se trata de vos, ustedes las mujeres siempre creyéndose el ombligo del mundo...’ Y yo te voy a decir que no, no se trata de mi, en este caso no porque la piba de la foto te cobra, no hace nada por amor (a vos o al arte) porque lo único que le importa es la guita y ella misma. Siempre, en ese caso, sí se trata de ella. De 'esa'.


Y la que no te cobra, porque es verdad que cada tanto te encontrás una mina que tiene el culo tallado en mármol de carrara que no anda repartiendo lentejuelas o volantes por la vida, seguramente no tiene desarrollado el seso porque cuando tuvo la oportunidad de leer un libro, o de resolver una regla de tres simple estaba demasiado ocupada contando las estocadas que hacía frente a la pantalla de foxsport, a las 8 am con la Fulop. Sí, sí, ya sé. Me dirás que no es un espectáculo precisamente desagradable que lo primero que veas en el día sea una tanga fucsia saludándote a través de una calcita blanca, pero te juro que a la vez número 15, cuando sea domingo y vos quieras ver fulbo con una pisa, una señora pisa con s, una pisa barata y grasienta porque te cansaste de ir a restaurantes macrobióticos y no puedas porque no da romper la dieta de las 27 calorías diarias, vas a extrañar el movimiento cadente de estas nalgas cuando caminan, las medialunas de manteca en la cama con el mate. (Esto sí se trata de mi).
Ojota que también puede pasar, no es tan probable pero puede pasar, que una de estas chiquitas tocadas por la varita del hada de los culos trascendentales no sea una infradotada sino que aproveche sus atributos para conseguir lo que quiera. Esa me gusta, tiene mi apoyo pero lamento decirte que está con otro, está y va a estar con mil antes que con vos.
Entonces te vas a frustrar porque si el resto de las mujeres no salimos en tanga a la calle es porque no tenemos ese pan dulce acaramelado, brillante, y sólo por eso.
Entonces dejá de comprar ilusiones y de paso, me dejan, vos y todos los demás de romper las pelotas.
Y vení.


Y trae el vino, sé caballero.

lunes, 13 de julio de 2009

Manifiesto

Si han tenido la virtuosa consideración de leer alguno de los post anteriores de este humilde espacio virtual ya se habrán dado cuenta: no soy feminista. Soy más bien lo contrario. O quizá un matiz singular del machismo, se podría decir.
Así y todo, lo que me convoca en esta ocasión me tocó la fibra fémina, la otra, la rezagada, la pequeña Mafalda que hay en mi.
Estaba haciendo zapping en mi sesión diaria de control mental y meditación. De pronto me detengo en un programa de un canal de cable, tipo ‘Magazine’ o ‘Utilísima Satelital’, en el que mujeres de mediana edad hablan haciendo guiños cómplices a las ávidas espectadoras que, lapicera en mano, esperan la receta del día o el secreto del chef de turno.
En el programa en cuestión estaba la conductora de rigor entrevistando a dos diseñadores que presentaban la colección de novia de la temporada. Hablaban de canutillos, flores, telas y texturas, pliegues y colores (tipo rosa pijama o camello albino, lo juro por Dios). Los dos diseñadores explayaron todo su bagaje de conocimiento adquirido en su aparentemente extensa trayectoria condensado en 1 o 2 bloques. La conductora, que veía pasar a las modelos con el mismo guiño cómplice que todas las demás, lo único que supo decir fue: ‘Así que chicaaas, ya saaaaabeeeen, saben dónde tienen que ir cuando por fin lograron que él, después de tanto insistir, les propusiera matrimonio’. Y acompañó su impecable pelotudez con un revoléo de brazos como si hiciera sonar en el aire unas maracas invisibles, finalizando con un aplauso obsceno y desnudo como cuando una foca recibe una sardinita de premio por hacer, como la susodicha, una que otra boludez.
Al respecto, y aun en la soledad de mi livingcomedor, acoté ‘Pero la coooooncha de tu hermaaaaana!’ Fuerte y bien parado, sonoro y limpio, como cuando en la cancha uno de los jugadores de tu equipo pierde una bola segura. Cómo me enojé, por favor.
Porque yo entiendo y celebro, claro que sí, la magia de esa ceremonia. Puedo ver y compartir la solemne alegría de una nueva pareja legal. Puedo acompañar con sincero interés a una amiga a elegir la tela de su vestido, a comprar el cotillón, a probar las 15 posibilidades de tortas. Puedo incluso querer yo misma ocupar ese lugar pero no, por favor, es una patada directa a mi ego atropellado por una absoluta y total falta de dignidad suponer, o hacer suponer al público (al que estimo escaso gracias a Dios porque nadie en su sano juicio perdería más de 10 minutos de su vida escuchando las pelotudeces que dice esa conchuda hija de remil putas) que una mujer, la que sea, de cualquier raza, color, longitud, profesión, CI y peso atraviesa su relación premarital solamente para que él le proponga matrimonio. La imagen que se me viene a la cabeza es: él un orangután sin modales ni sensibilidad alguna, manejando su gran auto de pistola, llevándola a ella, una rubia cabeza hueca que dedica su tiempo a coordinar el horario de la peluquería con el de la clase de cocina y pilates, soñando despierta cuando él se va y ella arremete contra su delantal para preparar lo que sea que haya que preparar, con la seda rosa pijama o camello albino para alguna de sus recontraputas putísimas madrinas.
Insisto. No es que yo sea feminista ni machista, no adhiero a ningún fanatismo. Pero si me decís de nuevo que es mi tarea ir al supermercado por el simple hecho de ser mina lo más probable es que termine revoliándote el whisky que tengo en la mano. Reivindiquemos a las amas de casa si se quiere, pero con un poco más de dignidad que un mero horizonte de encajes y centros de mesa.
Yo entiendo que creciste viendo, en el mejor de los casos, a tu madre dedicándose a la casa esperando que llegue tu padre de su trabajo, con la comida hecha. Yo sé, lo he visto, que el fin último de las madres es ver a sus hijas pariendo a sus nietos, en una suerte de alegría/venganza como si entredientes dijeran: ahora vas a saber lo que es bueno.
Yo sé que a los 30 había que casarse y formar una familia como lo dice el libro gordo de Petete y que la palabra solterona asusta a cualquiera, pero de ahí a poner el matrimonio como meta de la vida...
En una de esas entendí mal el mensaje.

Lo que realmente me dejó triste después de escucharla es que muchas más de lo que quisiera aún se interesan más por la boda que por el novio.
Y eso es infinitamente mas triste que la soledad.

lunes, 6 de julio de 2009

Caso Dora - Lado B

Todos conocemos el cuento de la Cenicienta.
Un príncipe busca a su bienamada doncella (eso creemos) sólo por los zapatos. Perdón, por un zapato imposible: de cristal, de taco alto, número 32, frágil, impoluto, brillante, etc. Fue por toda la aldea poniéndole el calzado a todas las damas del pueblo hasta que dio con la mina, palo y a la bolsa, casamiento, perdices y todos contentos.
Ayer una amiga, llamémosla Dora, me contaba sus peripecias con el otro sexo y no pude evitar hacer el parangón. ‘Yo soy una mina difícil’ aclaró por las dudas de que no me diera cuenta. Siempre hay un detalle, uno solito, que me caga por completo el asunto – prosiguió. Me contaba que en una ocasión había un señor que le arrastraba el ala, que se la conversaba diría mi abuela. Todo muy bien, todo muy lindo, pero usaba unos zapatos tan pero tan terribles que se indignaba. No lo podía tolerar, se brotaba. Unos botines tremendos que le daban el descolorido aspecto de un chico formal y cortés. 'Mirá que probé, eh? Salí, comíamos juntos, charlábamos... pero esos zapatos eran una bomba atómica a mi fuerza de voluntad' se lamentaba. Hasta que una vez, enmarcados en una situación particular tuvo la oportunidad (suerte o desgracia) de conocerlo sin los zapatos y se quiso matar. Le encantó, pero justo juuuusto (casualidad del destino) este viene y se va con otra que si no le andaba, por lo menos le iba.
Entonces, tragado el sapo (aunque no digerido), sale hacia otros rumbos y se encuentra una alternativa que podría solucionar al menos temporalmente el asunto. Chichoneo va, chichoneo viene, finalmente se generó el encuentro con el suplente y, a la hora pactada, Dora bajó a abrir la puerta. Una, de más está decirlo, empieza a disfrutar de la cita unas cuantas horas antes. Fantaseamos, degustamos, nos imaginamos unos finales increíbles mientras nos hacemos la beauty, nos emperifollamos y piripipí. Nos ponemos festivas, bah. En fin, le abre la puerta y empieza a mirarlo, le va haciendo un escaneo de la cabeza a los pies y cuando llegó al cuarto inferior de este pobre pibe, mamadera! Se encontró con dos botinetas de astronauta color blanco Cif, acercándose hacia ella de manera inexorable y, como en una película de Hitchcock (recuerden la cara de Janet Leigh en Psicosis, la escena de la ducha) la libido se le fue a la remierrrda.
Para esto me hice la tira de cola? – dijo – Cómo remonto esto?
Gracias al cielo las mujeres estamos preparadas para todo y de algún botiquín de primeros auxilios rescató una película tipo ‘Ocean eleven’ llena de tipos que están para matarlos y una trama más o menos entretenida.
Finalizada la película y escondidas las zapatillas algo se pudo hacer cosa de no perder la noche. Aún, me cuenta, se despierta tras violentos sueños de angustia y duerme con la luz del baño prendida.
Pero como ella es fuerte y valiente se sobrepuso sin demasiadas complicaciones y decidió ir de vacaciones a algún lugar lejos. Y allá por donde Judas perdió el poncho se encontró con una suerte de Catriel (el Catriel de Laport), uno de esos que no te dejan opción y cuando te das cuenta te ensartan como churrasco’e croto. Y Dora perdió la noción del frío y la distancia en algún deposito de vaya a saber uno donde, ni importa, y en varios lugares más. ‘Ahora seee – dijo, muy sutil, whisky en mano – esto era, para esto me hice la tera de cola!
Luego de sus calurosas vacaciones de invierno decidieron continuar sus encuentros, pero el clima de la Capital es tan húmedo que pudre hasta la fruta de la pasión. El susodicho le mandó un mensaje de texto: ‘qué ases hoy? queré que baya?’.
Una mierda, qué frustración. ‘En qué fallé?- se lamentaba – ‘nunca, pero nunca más me hago tira de cola’. (Transcribo una breve conversación que no tiene desperdicio:
- Boluda, me quiero matar, se come las eses!
- Cómo que se come las heces???!!!
- No gansa, las ESES.
- Ah, me asustaste.
- Si... no sé qué es peor...)
Ya está, next!
Y vino Next. Y Next se parece a una de esas fuentes tragicómicas en las que el agua danzante y cristalina sale graciosamente del pitulin de un niñito rollizo y con cara de inocente. Las miradas, por su puesto, van al miembrito del pobre ángel.
Pero Next no tenía un pitulín, un miembrito, tenía un señor pitulón, un salchichón primavera de esos que te dejan hablando boludeces por tres días (Si podés, porque el maxilar inferior se contracturó, si es que no se te cayó). Una cosa impresionante.
El tema es que más allá de ESO no encontraba nada. Tan seguro estaba él de sus atributos (uf!) que para qué laburar? ‘Para qué complicar lo simple?' Decía, mientras la invitaba a coger salteando cualquier posta romántica que oficiara de obstáculo.
Y yo voy, no? De más está decirlo. Pero después me siento... no sé, vacía?
Más allá de eso hoy se debate en un dilema ético que le quita el sueño: El vacío o la manija? La bolsa o la vida?
Entonces, en mi cuento no se trata de un zapato chiquitito, frágil e imposible, (porque esta cenicienta cuenta con una fila de príncipes que esperan su turno estileto en mano) sino de que no hay príncipe que le venga bien.
Si Dora estuviera en el mítico diván de Sigmundo seguramente tendría adormecidos los pies, o una tortícolis que la hubiera dejado mirando para un solo lado impidiéndole ver la fotografía completa. Porque, igual que con tortícolis, ver más allá a veces incomoda porque ver más allá implica meterse en el terreno de lo desconocido.
Dicen que vale más malo conocido que bueno por conocer... sólo que nadie recuerda que todos los chascos una se los lleva, justamente, en lo conocido.
Dar lugar a lo desconocido nos hace laburar, enfrenta con el miedo, generalmente angustia porque es ceder el control.

Y ceder es engorroso, pero es el único acto verdadero de amor.

miércoles, 1 de julio de 2009

Que vengan lo bomberos

Estaba escuchando un programa en la radio. Los conductores hablaban del amor, de la pasión, de los afectos y la mar en coche.
Entre otras cosas hablaban de las llamas que se prenden y se apagan como una metáfora del fin del amor y la pasión.
Yo lo escuchaba sin prestar demasiada atención hasta que alguien vino y dio en la que yo considero la tecla.
Este señor (no podía ser de otra manera) se quejó. Dijo algo así:
Si, es cierto. El amor es como una llama, acalora, enciende. Una llama se apaga, o dos, y se enciende otra. Y de las otras dos, una se apaga y enciende otra por el costado, pero la otra llama, la de su partenaire sigue encendida. Puede pasar también que se enciendan dos llamas en una misma persona (puede pasar), una más pasajera, y pajera (Sabrán disculpar mi desatinada licencia poética. No pude soportar la homofonía) que la otra. El tema es que la otra, la rezagada, se enciende el doble que cualquiera porque, como todos sabemos, la indiferencia y/o el desaire alimentan el fuego, y entra, por despecho, a encender más y más llamas. Chiquititas, azules, rojas... pero muchas. Llamas y más llamas por todos lados.
Y después se arma quilombo, se arma un incendio forestal que se nos va de las manos...
Días atrás mi señora madre casi incendia su casa por olvidarse una sartén en la hornalla encendida, por distraída que es nomás. De pura casualidad escuchó un ruido extraño y se fijó antes de que todo estallara por el aire y en lugar de la casa quedara un cráter.
Cuando me contaba cómo había sido, me dijo que había sido por distracción, por no prestarle atención. Que si ella hubiera estado allí no hubiera pasado tal cosa.
Y en el amor, en el sexo se trata de eso también. De prestar atención. Todos sabemos cómo es el fuego (en todas sus formas, no?). Cuando te distraes un poquito perdés el control, se va, se vuelve destructor. O inocuo.
A lo que voy es que la 'llamita' de la que hablaba este buen hombre refiriéndose al amor existe, claro que si, pero muchas veces depende de cada uno que se mantenga prendida, no es algo que nos sea ajeno. Cuando se apaga es porque uno la dejó apagarse, porque no tenía más ganas de tomarse el trabajo, porque se cansó o, peor aún, porque se distrajo.
Evitemos los siniestros, señores.
No nos distraigamos que después andamos penando por pagar las consecuencias.