Si han tenido la virtuosa consideración de leer alguno de los post anteriores de este humilde espacio virtual ya se habrán dado cuenta: no soy feminista. Soy más bien lo contrario. O quizá un matiz singular del machismo, se podría decir.
Así y todo, lo que me convoca en esta ocasión me tocó la fibra fémina, la otra, la rezagada, la pequeña Mafalda que hay en mi.
Estaba haciendo zapping en mi sesión diaria de control mental y meditación. De pronto me detengo en un programa de un canal de cable, tipo ‘Magazine’ o ‘Utilísima Satelital’, en el que mujeres de mediana edad hablan haciendo guiños cómplices a las ávidas espectadoras que, lapicera en mano, esperan la receta del día o el secreto del chef de turno.
En el programa en cuestión estaba la conductora de rigor entrevistando a dos diseñadores que presentaban la colección de novia de la temporada. Hablaban de canutillos, flores, telas y texturas, pliegues y colores (tipo rosa pijama o camello albino, lo juro por Dios). Los dos diseñadores explayaron todo su bagaje de conocimiento adquirido en su aparentemente extensa trayectoria condensado en 1 o 2 bloques. La conductora, que veía pasar a las modelos con el mismo guiño cómplice que todas las demás, lo único que supo decir fue: ‘Así que chicaaas, ya saaaaabeeeen, saben dónde tienen que ir cuando por fin lograron que él, después de tanto insistir, les propusiera matrimonio’. Y acompañó su impecable pelotudez con un revoléo de brazos como si hiciera sonar en el aire unas maracas invisibles, finalizando con un aplauso obsceno y desnudo como cuando una foca recibe una sardinita de premio por hacer, como la susodicha, una que otra boludez.
Al respecto, y aun en la soledad de mi livingcomedor, acoté ‘Pero la coooooncha de tu hermaaaaana!’ Fuerte y bien parado, sonoro y limpio, como cuando en la cancha uno de los jugadores de tu equipo pierde una bola segura. Cómo me enojé, por favor.
Porque yo entiendo y celebro, claro que sí, la magia de esa ceremonia. Puedo ver y compartir la solemne alegría de una nueva pareja legal. Puedo acompañar con sincero interés a una amiga a elegir la tela de su vestido, a comprar el cotillón, a probar las 15 posibilidades de tortas. Puedo incluso querer yo misma ocupar ese lugar pero no, por favor, es una patada directa a mi ego atropellado por una absoluta y total falta de dignidad suponer, o hacer suponer al público (al que estimo escaso gracias a Dios porque nadie en su sano juicio perdería más de 10 minutos de su vida escuchando las pelotudeces que dice esa conchuda hija de remil putas) que una mujer, la que sea, de cualquier raza, color, longitud, profesión, CI y peso atraviesa su relación premarital solamente para que él le proponga matrimonio. La imagen que se me viene a la cabeza es: él un orangután sin modales ni sensibilidad alguna, manejando su gran auto de pistola, llevándola a ella, una rubia cabeza hueca que dedica su tiempo a coordinar el horario de la peluquería con el de la clase de cocina y pilates, soñando despierta cuando él se va y ella arremete contra su delantal para preparar lo que sea que haya que preparar, con la seda rosa pijama o camello albino para alguna de sus recontraputas putísimas madrinas.
Insisto. No es que yo sea feminista ni machista, no adhiero a ningún fanatismo. Pero si me decís de nuevo que es mi tarea ir al supermercado por el simple hecho de ser mina lo más probable es que termine revoliándote el whisky que tengo en la mano. Reivindiquemos a las amas de casa si se quiere, pero con un poco más de dignidad que un mero horizonte de encajes y centros de mesa.
Yo entiendo que creciste viendo, en el mejor de los casos, a tu madre dedicándose a la casa esperando que llegue tu padre de su trabajo, con la comida hecha. Yo sé, lo he visto, que el fin último de las madres es ver a sus hijas pariendo a sus nietos, en una suerte de alegría/venganza como si entredientes dijeran: ahora vas a saber lo que es bueno.
Yo sé que a los 30 había que casarse y formar una familia como lo dice el libro gordo de Petete y que la palabra solterona asusta a cualquiera, pero de ahí a poner el matrimonio como meta de la vida...
En una de esas entendí mal el mensaje.
Lo que realmente me dejó triste después de escucharla es que muchas más de lo que quisiera aún se interesan más por la boda que por el novio.
Y eso es infinitamente mas triste que la soledad.
Verdad: 1
Hace 14 años

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