domingo, 8 de noviembre de 2009

La vaca muerta

Todos han, en esta tierra y a esta altura del partido, sido partícipes de una conversación entre mujeres. No me interesa en lo más mínimo la opinión que les merece, solamente hago alusión a ello porque días atrás, un jueves, he tenido una. Y fantástica, y quería recrear el momento sabiendo que ustedes, avidos lectores y lectoras, saben de lo que estoy hablando.
Empezamos hablando del post anterior, del tamaño de la batata. Éramos tres mujeres en ese momento. Una me decía que la verdad no era necesario encontrar un cohete interestelar entre las piernas de su partenaire, siempre y cuando supiera usar lo que allí hubiera. La otra estaba de acuerdo, siempre y cuando no fuera un exceso, es decir, que tuviera un maní pelado y encima pretendiera que fuera milagroso. Discutimos un ratito hasta que no sé a través de qué caminos discursivos llegamos al tema de las posiciones, al kamasutra cotidiano. Que a mi me gusta así, que a mi asá, piripipí. Muy lindo, ay que piola, no eso no, yo me pongo así (viene con gesto, irreproducible), y todo eso (por eso me quise cerciorar de que han participado ya). Y a veces, dijo una para rematarla, viene la muertita al pelo. Yo me empecé a reír. 'La muertita no es una posición' dije yo, infantil. 'No, es lo que hay cuando no querés nada'dijeron a duo, c ada una sumergida en sus actividades (estabamos en la oficina). ''No me gusta! dije, o pensé. 'Y hay una peor' prosiguió una, la más suelta de estribos: 'la vaca muerta'.Dícese de vaca muerta cuando la fémina en cuestión carece de todo interes en el acto procedente. Y esa falta de estímulo se manifiesta en todas las esferas posibles: el elástico de la bombacha está vencido, no hay rastros de depilación púbica, hay celulitis sin disimulo y la sensualidad brilla por su ausencia. Mis ojos, grandes y preguntones, un poco desasosegados por la falta de solemnidad de las escena, buscaba la complicidad de la tercera, angustiada, casi con anticipada tristeza: 'Ah, si si, es genial. Te tirás ahi y que labure viejo'. le escuché decir. Yo, que lo único que había acotado hasta entonces era que los mañaneros no me gustan, que me rompen soberanamente las pelotas porque ya es suficiente con tener que levantarme, me sentí herida. ''Herida? dirán. Por qué herida y no triste, o enojada, o asustada en el peor de los casos. Y yo diré: 'porque al final era cierto'. Porque ya había escuchado decir a alguna otra mujer algo semejante. Ya había participado de reuniones que tranquilamente podrían haberse llamado 'mujeres contra el sexo' compuesta por esposas hinchadas las pelotas de tanta rutina, porque en reflexiones como esa el sexo, el acto, coger, sólo se circunscribe al mero acto físico. Y allí se han perdido las luces de su fantástica experiencia. Coger es dar y recibir. Coger es sentir el cuerpo, el calor, el olor de la otra persona. Y no se trata solamente de ponerse así o asá, no se trata de la habilidad ni de la cantidad de guarangadas que se dicen (que son maravillosas si vienen extasiadas), ni siquiera se trata cómo termina, no sólo de eso. Es un combo. Y al escucharlo tan vapuleado me sentí herida porque dar es en definitiva un acto egoísta, porque cuando uno da pretende recibir lo que da. Si en el tránsito por mi línea de tiempo me encuentro con que a esta altura el sexo es un despojo, es un mero reflejo del deber marital, y me tengo que acostumbrar, entonces sí, me siento herida.
Ya vengo, voy al baño a llorar por mi desilusion y vuelvo.

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