sábado, 29 de mayo de 2010

Treintis.

Dicen, está de moda, que los 30 es una edad en que la mujer está en su auge, en el punto de ebullición, donde florece como un lirio en primavera ofreciendo su belleza y plenitud al mundo que, según dicen, la admira. Y los bares se están pareciendo cada vez más a puestos de flores.
Soy sola, escuché decirlo así y me lo quedo. Soy sola, tengo treinti.
Y me gusta salir, me gusta andar por los bares, andar, digamos. Y llevo con incertidumbre el estandarte de que estar sola no está mal. De que se trata de un momento de conocimiento personal, de un enriquecimiento interior y la pistola.
Anoche salí con uno, un antiguo compañero de escuela al que me crucé en facebook, con el que concerté mi cita por mensaje de texto y me encontré en un lugar más cerca de mi casa de lo que pensaba (Dios, si hubiera existido esta tecnología hace 15 años hubiera cogido entre 5 y 28 veces más). Y estuvo bien, pero no chocaron los planetas. Y empieza a pasar que no querés que te llame, una cambia de lugar. Ya no es más: "no me llama el pibe que me garcho" sino "Espero que el pibe que me garcho no me ponga en el incómodo lugar de tener que decirle que no me llame más". O salimos solas. Una busca obras de teatro por internet y hace reservas virtuales, con la total libertad de llegar tarde, total... O va sola a eventos, con la idea de encontrarse con aquel que alguna vez hubiera podido ser, con el que gastamos huellas digitales mandando mails cargaditos desde la cuenta del trabajo... y nada más (o alguna que otra cada tanto) Y se da el lujo de quedarse dormida en la mesa mientras el mundo alrededor sigue girando.
O empezamos a hacer un fino trabajo de reclutamiento y arrastramos con cuanta persona sin anillo encontremos, del género que sea, y salimos cual contingente de jubilados a copar alguna mesa o alguna barra o alguna fiesta donde a la mayoría no nos une el amor sino el espanto.
O puede pasar que seamos invitadas a un evento social, de esos que se componen de viejas amistades pero que a esta altura una termina alzando a un bebé a las 21.30 hs o tocándole la panza a una que está feliz con la noticia. Y cuando pasas por la cocina, o te vas al patiecito a fumar, escuchás que algunas de ellas están enfrascadas en una charla que trata de la lactancia, del olor a yogurt vencido que tiene el vómito, de la receta de flan casero y tarta de calabaza.
O la que el año pasado te invitó a una zarpada fiesta y te abrio la puerta borracha y con una peluca fucsia ahora te ofrece para festejar su cumpleaños un té de gengibre y pera con limón y azúcar negra, acompañados de alfajores de avena con dulce de semillas de sucutrule patagónico que si to te dan una patada en el pecho no lo bajás con nada. Una cae con las dos cervezas y las papas fritas con gusto a pollo al limón y se encuentra con un 'gimnasio' arriba de uno o más niños. Y no te podés ir porque sería huir y es el cumpleaños de una amiga.
O simplemente la vida te da giros que te conducen a descenlaces inesperados. Porque aún existen treinti (por lo general son las que están por pasar la barrera) que todavía guardan retazos de fantasía, aún atesoran la posibilidad del príncipe azul, o al menos príncipe, o al menos hombre. Y a veces pasa que se compra a buen precio una historia que viene con un nombre y apellido adentro, que al son de los juicios y prejuicios de las demás, de las que en ese momento comparten la mesa o el mate, se va armando como un rompecabeza. Y le damos una trascendencia, le damos unos finales posibles, le damos, digamos, una posible consistencia y de pronto tenemos el muñeco ahí... hasta que te avivás, porque es uno de los beneficios de los treinti (no puede ser todo tan malo) de que al muñeco antes de lo masticó otra, que probablemente ha compartido tu mesa... y preguntás 'a los treinti pasan estas cosas?' Si! más que antes. (Algunas treintis los sobrellevan con hijaputeces. La nobleza lamentablemente ha perdido prestigio). Caen algunos velos y una dolorosamente empieza a hacerse cargo de que el principe no es más que una construcción imaginaria, de que es hora de empezar a sacarle fichas al cuento de hadas.
Una vez un amigo (o un muñeco, a no me acuerdo) me dijo: "un día después de los treinta me vi al espejo y habia envejecido de golpe. Me vi con todos los años juntos, y yo no me habia dado cuenta - y agregó - vas a ver, te va a pasar"
No voy a mentir, esa idea me persiguió como un fucking inquisidor todas las mañanas. Ilusa, yo rondaba los veintinuevos. Ahora creo que entiendo a qué se estaba refiriendo.
La vida, gracias a Dios, nunca deja de sorprendernos.

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