lunes, 27 de junio de 2011

Hilachas

Hoy asistí a un espectáculo atroz, terrible!
Tenía que cruzar un paso a nivel, en una estación de tren concurrida pero prescindible a la hora de hacer un top ten (top mil?) de mis preferencias. Las barreras estaban bajas y el tren al pie del cañon, entonces me detuve por ese pasamanos de caños en zigzag que se supone debería ordenar el camino. Estaba en cualquiera, como siempre, cuando descubrí esta escena: él estaba colgado del caño que le hacía las veces de barrera frente a ella, que estaba del otro lado. Él lloraba, con desesperación lloraba mientras la retenía como podía, colgado de la nuca. Era un pedido, una súplica. Ella también lloraba pero su llanto era de resignación, del que sabe que no hay ya más nada que hacer ahí y se tiene que ir, ella en realidad ya se había ido. El seguía prendido a la barrera, literalmente agarrado, viéndola perderse entre la gente. El tren pasó y él aun lloraba ahí, mirando el suelo. Era de noche, hacia frío. La gente pasaba apurada e indiferente.
Me dio una puntadita en el espinazo cuando tuve que pasar por detrás indefectiblemente y vi como daba pequeños espasmos de dolor, vencido, acongojado. Me dieron ganas de salir corriendo, huir, pero también de quedarme y decirle que todo pasa, que nada es ni tan grave ni tan determinante, y que iba a estar bien paulatina pero inexorablemente.
En lugar de eso seguí caminando.
Es la primera vez en muchos siglos que agradecí haber ya pasado por eso.

martes, 21 de junio de 2011

Qué plato! (sólo para entendidos)

El asunto arrancó simple, un miniplan de viernes a la noche después de toda la semana augurando el fin de semana largo.
Una dijo, yo: vamos al bodegón?
La otra, Ella (Dora!): si, tengo ganas de tomar vino, pero también de comer.
Entonces enfilamos pal bodegón y a mitad de camino llamó Diego y se sumó.
Las chicas llegamos antes y nos sentamos. Y pedimos el queso y el vino (no en ese órden) y esperamos a Diego.
Llegó Diego y ya le faltaban dos tercios a la botella. Entonces le sonó el teléfono. Era un amigo colgado que también se sumó al plan (ya no mini, sino generoso).
Y cuando el amigo de Diego, Pipi, llegó Ella estaba haciendo ya gestito de ideas sobre el pico de la botella.
- Hola! - dijo con una sonrisa rabiosa sin dejar de bordear el cuello de la botella con el indice y el pulgar.
Pipi se sentó y nos fuimos todos al pasto, guiados, por su puesto, por Dora.
Voy a tratar de transcribir aquí, si mi memoria enflaquecida por la resaca me lo permite, algunos destellos de genialidad absolutamente despojada de intención (lo cual lo vuelve sublime)
Ella dijo: Yo a la madre le tuve que limpiar el culo (Esto enmarcado en la cara del señor cuidador que pasaba por ahi) (sic)
Diego Dijo: Aha, vos el filtro lo dejaste en Once.
Yo: El gasista, contale la del gasista!
Ella: Contala vos.
Pipi, cuyos bocados no eran tantos pero sí acertados: Ay ay ay ay, pará pará pará pará, no no no no.
(La del gasista: Ella tiene un amante, con el cual estaban on fire de tanto manoseo coloquial, entonces Ella, conocedora de sus habilidades de marido, lo convoca a arreglarle una pérdida mentirosa. Entonces el gasista, conocedor de sus otras habilidades y del descenlace mortal de esta historia, hace una parada técnica en el kiosco de al lado de la casa de ella y compra una caja de 12. Le sonríe al kiosquero mientras le paga, le guiña un ojo, le señala con el mentón la caja de herramientas y luego sale, con su pecho e paloma. Después de que arreglarle el agujerito a Ella, vuelven al kiosco, juntos. Esta vez el que sonríe es el kiosquero)
Pedimos la tercer botella.
Ella de nuevo: Le puse el orto en la cara. Y cuando me dice: 'Nena, no me podes poner el orto en la cara' yo le dije: 'Fue sin querer puto'.
Ella: ¡Me ato las trompas! (al son de un gesto cadente, como si tuviera aguja e hilo)
Cuarta botella de vino.
- Nadie puede negar que soy gauchita - dice otra vez.
- 'No te puedo decir que no' - agregó Pipi.
- Tiene que ser una competencia leal - dejo yo en claro.
- Si, un rato cada una. La que él finalmente elija se lo queda - dijo Ella, solemne.
- Ustedes tienen muchas horas de sexo común - Dijo Diego, y vaya a saber una qué quiso decir.
- Ay ay ay ay ay. Para para para para - Dijo Pipi.
- Nadie puede negar que soy gauchita - dijo de nuevo Ella, y brindó.
- Por Juan Milpuntos, Gastón Menosveintiocho.
- Una dijo: a Juan M. me lo tenes que arrancar. La otra dijo: yo le doy muerto.
- Me gusta más la poronga que respirar. Remató.
- Pará pará pará pará - se atajó Pipi, colorado.
Ya yéndonos del bodegón, donde dejamos sobre el mantel una indefectible huella borravino, porque el señor que la escuchó a Ella vociferar que le limpiaba el culo a la madre de otro nos pedía sutilmente que nos fuéramos y era tarde, una dijo: 'si me llega a hacer eso (sinceramente no puedo recordar qué) yo le hago pin, patada en el orto' (el pin fue actuado, claro, con una patadita al aire)
A lo que Pipi contesta: - Cual es tu PIN?.
Ya en el bar, donde nos habíamos salido de la autopista y estabamos lejos de volver al camino, cuando ya no había formas que guardar porque las formas nos las habíamos tomado con el vino, Diego dice: la próxima sin pepino!
y yo, a sabiendas de la inminente documentación, le respondo: Ah no, Diego, te tengo que cortar la cabeza.
A pesar del chupi y de todo lo demás, la respuesta fue certera: yo ya la tengo cortada.