martes, 21 de junio de 2011

Qué plato! (sólo para entendidos)

El asunto arrancó simple, un miniplan de viernes a la noche después de toda la semana augurando el fin de semana largo.
Una dijo, yo: vamos al bodegón?
La otra, Ella (Dora!): si, tengo ganas de tomar vino, pero también de comer.
Entonces enfilamos pal bodegón y a mitad de camino llamó Diego y se sumó.
Las chicas llegamos antes y nos sentamos. Y pedimos el queso y el vino (no en ese órden) y esperamos a Diego.
Llegó Diego y ya le faltaban dos tercios a la botella. Entonces le sonó el teléfono. Era un amigo colgado que también se sumó al plan (ya no mini, sino generoso).
Y cuando el amigo de Diego, Pipi, llegó Ella estaba haciendo ya gestito de ideas sobre el pico de la botella.
- Hola! - dijo con una sonrisa rabiosa sin dejar de bordear el cuello de la botella con el indice y el pulgar.
Pipi se sentó y nos fuimos todos al pasto, guiados, por su puesto, por Dora.
Voy a tratar de transcribir aquí, si mi memoria enflaquecida por la resaca me lo permite, algunos destellos de genialidad absolutamente despojada de intención (lo cual lo vuelve sublime)
Ella dijo: Yo a la madre le tuve que limpiar el culo (Esto enmarcado en la cara del señor cuidador que pasaba por ahi) (sic)
Diego Dijo: Aha, vos el filtro lo dejaste en Once.
Yo: El gasista, contale la del gasista!
Ella: Contala vos.
Pipi, cuyos bocados no eran tantos pero sí acertados: Ay ay ay ay, pará pará pará pará, no no no no.
(La del gasista: Ella tiene un amante, con el cual estaban on fire de tanto manoseo coloquial, entonces Ella, conocedora de sus habilidades de marido, lo convoca a arreglarle una pérdida mentirosa. Entonces el gasista, conocedor de sus otras habilidades y del descenlace mortal de esta historia, hace una parada técnica en el kiosco de al lado de la casa de ella y compra una caja de 12. Le sonríe al kiosquero mientras le paga, le guiña un ojo, le señala con el mentón la caja de herramientas y luego sale, con su pecho e paloma. Después de que arreglarle el agujerito a Ella, vuelven al kiosco, juntos. Esta vez el que sonríe es el kiosquero)
Pedimos la tercer botella.
Ella de nuevo: Le puse el orto en la cara. Y cuando me dice: 'Nena, no me podes poner el orto en la cara' yo le dije: 'Fue sin querer puto'.
Ella: ¡Me ato las trompas! (al son de un gesto cadente, como si tuviera aguja e hilo)
Cuarta botella de vino.
- Nadie puede negar que soy gauchita - dice otra vez.
- 'No te puedo decir que no' - agregó Pipi.
- Tiene que ser una competencia leal - dejo yo en claro.
- Si, un rato cada una. La que él finalmente elija se lo queda - dijo Ella, solemne.
- Ustedes tienen muchas horas de sexo común - Dijo Diego, y vaya a saber una qué quiso decir.
- Ay ay ay ay ay. Para para para para - Dijo Pipi.
- Nadie puede negar que soy gauchita - dijo de nuevo Ella, y brindó.
- Por Juan Milpuntos, Gastón Menosveintiocho.
- Una dijo: a Juan M. me lo tenes que arrancar. La otra dijo: yo le doy muerto.
- Me gusta más la poronga que respirar. Remató.
- Pará pará pará pará - se atajó Pipi, colorado.
Ya yéndonos del bodegón, donde dejamos sobre el mantel una indefectible huella borravino, porque el señor que la escuchó a Ella vociferar que le limpiaba el culo a la madre de otro nos pedía sutilmente que nos fuéramos y era tarde, una dijo: 'si me llega a hacer eso (sinceramente no puedo recordar qué) yo le hago pin, patada en el orto' (el pin fue actuado, claro, con una patadita al aire)
A lo que Pipi contesta: - Cual es tu PIN?.
Ya en el bar, donde nos habíamos salido de la autopista y estabamos lejos de volver al camino, cuando ya no había formas que guardar porque las formas nos las habíamos tomado con el vino, Diego dice: la próxima sin pepino!
y yo, a sabiendas de la inminente documentación, le respondo: Ah no, Diego, te tengo que cortar la cabeza.
A pesar del chupi y de todo lo demás, la respuesta fue certera: yo ya la tengo cortada.

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