lunes, 27 de junio de 2011

Hilachas

Hoy asistí a un espectáculo atroz, terrible!
Tenía que cruzar un paso a nivel, en una estación de tren concurrida pero prescindible a la hora de hacer un top ten (top mil?) de mis preferencias. Las barreras estaban bajas y el tren al pie del cañon, entonces me detuve por ese pasamanos de caños en zigzag que se supone debería ordenar el camino. Estaba en cualquiera, como siempre, cuando descubrí esta escena: él estaba colgado del caño que le hacía las veces de barrera frente a ella, que estaba del otro lado. Él lloraba, con desesperación lloraba mientras la retenía como podía, colgado de la nuca. Era un pedido, una súplica. Ella también lloraba pero su llanto era de resignación, del que sabe que no hay ya más nada que hacer ahí y se tiene que ir, ella en realidad ya se había ido. El seguía prendido a la barrera, literalmente agarrado, viéndola perderse entre la gente. El tren pasó y él aun lloraba ahí, mirando el suelo. Era de noche, hacia frío. La gente pasaba apurada e indiferente.
Me dio una puntadita en el espinazo cuando tuve que pasar por detrás indefectiblemente y vi como daba pequeños espasmos de dolor, vencido, acongojado. Me dieron ganas de salir corriendo, huir, pero también de quedarme y decirle que todo pasa, que nada es ni tan grave ni tan determinante, y que iba a estar bien paulatina pero inexorablemente.
En lugar de eso seguí caminando.
Es la primera vez en muchos siglos que agradecí haber ya pasado por eso.

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