martes, 29 de septiembre de 2009

Guerra civil

En esta época, en la que los roles se dispersaron, se alejan y se acercan, en donde se reivindican algunas cuestiones del ‘Otro sexo’ al decir de Simone, se nos ha dado ver ciertas crisis de identidad (‘ver’ en el mejor de los casos puesto que la mayoría la atraviesa sin derecho réplica) en el género que me convoca y al que, salvando algunas nimiedades, pertenezco.
Podemos decir (hemos dicho) que avanzamos en la madurez filogenética levantando la bandera de la falta digna. Salimos a revolear el estandarte femenino, como una camiseta de fulbo que supo ser sostén de nuestros triunfos y desdichas en el momento en que decidimos abandonar el cómodo sofá de la tibia restricción impuesta al género, estupenda excusa para colgarse de un marido pudiente a cambio de una eterna desidia frente a la tv o a la ventana que da al patio donde están los juegos de los niños en el mejor de los casos pero fuera de la casa paterna, para salir al campo de batalla y competir por el derecho a las mismas responsabilidad de los varones, a cambio de las mismas retribuciones y beneficios. Hemos así mismo incursionado en la independencia económica. Nos dimos el gusto de meternos con los vicios mal vistos y de tomar algunos toros por las astas. Y nos fue bien! Cómo negar las masculinas estadísticas.
Pero, porque siempre hay un pero entre las líneas femeninas, ningún cambio es sin crisis. Y conllevan incoherencias y otras yerbas.
El cisma generado de la boca para adentro de aquellas que se han animado a seguir este camino ha hecho trizas el monótono discurso de la histérica asociada al ‘rosa pijama’ y olor a tarta tibia y fijador de pelo y ha pasado a generar un conflicto en el seno mismo del primitivo diván freudiano. Es así como en esta bipolaridad encontramos que el DSM debería adjuntar un nuevo item a la histeria. O dos. Por una parte está la ruidosa plumona, la gallina, digamos a la ‘Afrodita’, y, por otro lado, a la mujer maravilla, the Rock, la ´Atenea’. La primera es sensual. Es la que anda con brillantes vestidos ultracortos y los labios con una carga extra de lipgloss embadurnando el dedito que tiene entre los labios, mientras con la otra mano se hace un rulito con una parte de su leonina melena por lo general rubia. Es calientapava por excelencia. Este espécimen se puede encontrar subida a un Porche Cayene, en el asiento del acompañante.
La segunda, por su parte, es su antítesis. Es la guerrera, como su nombre lo indica. Es la que todo lo puede sin que se vea afectada por nada. Está superada, como un paso más allá de la gilada. Es capaz de atravesarte con su taco aguja de 15 cm si te ponés en su camino y cada vez que pueda va a dejar como un pelotudo a secas al partenaire de turno.
Siempre las vamos a oír diciendo: ‘No hay hombres’. Este prototipo lo hallaremos detrás de un escritorio de una multinacional o adentro de un traje negro digno de una nurse alemana del siglo pasado. (Como sucede con todo, es raro ver una clase pura. Hablamos de un quantum, de tendencias hacia uno u otro lado de la línea).
Un rasgo común a ambas es que ninguna de las dos entrega.
Y es allí donde sobreviene el conflicto, donde la ‘digna falta’ es convocada para lo que allí fue puesta. O, para decirlo de una manera comprensible a simple vista, de coger ni hablar
Es en ese momento donde, al decir de Dora, nos agarra un ‘ataque de pánico’. Yo creo que la justa nominación de este síndrome es ‘ataque de concha’, liso y llano, donde ya desaparecen las diferencias entre ambos extremos el vector antes mencionados.
Es allí donde una debe parar las antenas. Dora me dijo: ‘Es increíble la capacidad que tengo de arruinarlo todo, porque en un segundo podría haber hecho desastres’ y tiene razón. A quien no le sobrevino una ansiedad en cantidades atroces cuando a la espera de un llamado siente que la cabeza le está a punto de explotar? Quien no se la mandó en colores cuando recibió una respuesta non grata?

Son los asuntos 'del amor', eternamente circunscriptos a nosotras, lo que nos mueve el piso de una forma insoportable. Es ahí no tenemos ni idea qué hacer.
Pero calmaos mujeres, que es una baldosa más en este camino amarillo que nos conducirá al equilibrio. Como no tenemos la ayuda de los zapatitos colorados de las amas de casa de antes, se hace aparentemente difícil, pero no imposible.

Como dije antes, estamos en crisis y las crisis arrebatan. Hay que tener paciencia.
Y valor, mucho valor.

martes, 22 de septiembre de 2009

Cu(á)ndo te tenés que ir

Me introduzco en este turbio tema anteponiendo humildemente que yo no tengo por qué tener la verdad, y/o decirla. Por lo general ando navegando entre divagues trascendentales que nada tiene que ver con la regla general. En todos los caso, hablo por experiencia, propia o ajena, pero experiencia al fin.
Dicho esto, lavando mis manos ante posibles vituperios contra mi persona, o reclamos sin fundamento (yo no doy ni consejos ni órdenes, solo describo) prosigo.
El título no es en vano. Sin ánimo de explayarme como un imprecedente DSM1000 dedicado a cuestiones de género, me veo en la obligación, por respeto a mis congéneres, de exponer la conclusión a la que he llegado luego de, como Odiseo, navegar por mares sin horizontes y llenos, llenísimos, de espejitos de colores.
Procedo diciendo, por ejemplo, que debería una huir cuando viene un tipo y de buenas a primera te dora la píldora exageradamente. Lo que en el barrio se dice salamero, el que chorrea grasa.
Si hubiera posibilidad de una transcripción sería algo así:
-
El: te he pasado a buscar en mi auto deportivo modelo añoqueviene, marca importada, para llevarte al mejor lugar cerca del rio, allí donde uno, prestando atención, puede oír el cántico de las sirenas que volverían loco a cualquiera. Pero ¡oh! si es tu voz la que me llega desde los confines del paraíso al cual convocó Beatricce al dolorido Dante.
- Ella: mmm si, claro... (con la boca torcida)
- Él: estás hermosa, sos una mujer divina, la mejor de todas, te veo como... como la madre de mis hijos.
- Ella: Mmm
- El: ey, a dónde vas? Esperá que no...
Andate. Bajate del auto y rajá de ahí.
Otro prototipo: El bueno.
Es ese que cuando te preguntan por qué (alguien o vos misma) estás con él y seguis probando estar allí aunque irse juntos a la cama te resuene como las cuchillas de Freddie Crugger, no sabés que responder. Ese que no te mueve un ápice de interés en ir a depilarte la entrepierna, que funciona como insecticida a todas las mariposas en tu estómago, pero que es táaan bueno que dejarlo sería un comodicidio. Es como dejar ese laburo que no te da un choto de satisfacción más allá del sueldo (superior al promedio) y la seguridad de que no te van a echar, porque está tan dura la calle... pero que cada vez que suena el despertador para ir sentís que el corazón te late cada vez más lentamente. De nuevo, huí. Si hace falta entrenamiento, laburo fino o ayuda, intentalo. Pero huí porque es verdad, el corazón se achica y lo peor es que después le sigue la cabeza.
El otro es su antítesis: el jodido, el que te enciende toda, hace que se te moje hasta el elástico de la bombacha, te babees y pierdas el apetito. Y el lo sabe! Porque ha arrancado cuanto suspiro se le haya presentado. Es un cazador, es un tipo digno de la publicidad misógina de Axe. Es ese. No va a ceder nunca, olvídalo. Nunca va a hacer algo para que vos consideres que quizá un día esté interesado en vos. Jamás. Y el día que lo haga, el día que se rinda a tus pies seguramente deje de ser el jodido y cambie de categoría y vos te aburras (yegua). Están destinados al fracaso.
Otro más? El entregado. Se parece al bueno. Te mira como si fueras una esfinge que todo lo sabe levantando las cejitas cuando vos decís algo, aunque más no sea que te gusta comer remolachas con huevo duro, o que sandía con vino es la muerte. Y asiente, claro que sí, porque vos acabas de dar en la tecla, dijiste algo que podría cambiar el eje de la rotación de la tierra. Estás en los anales de su pasado y presente glorioso. Pero él mismo ha dejado de tener pasión por cualquier cosa porque vos estás ahí ocupando un lugar tan grande, tan impresionantemente importante que el mundo se termina donde vos hayas decidido cortarte el pelo. Y te vas a aburrir como un hongo porque cuando a vos se te pase la fascinación por esta especie de poder sobre tu mascota nueva, vas a querer matarte cuando te pregunte qué querés que se ponga para salir a comer mañana. Next.
Otro posible es el imposible. Se parece al jodido pero no es un guacho pistola, no no, simplemente es narcisista, es tan egocéntrico que no te va a hacer lugar en ningún lado. Otra variante de esta categoría no tiene que ver con el narcisismo sino con el miedo. Cuando una persona (ojo, de cualquier género) le teme tanto al cambio que mover una pieza le genera un laburo insoportable (salvo que vos seas una de esas personas y Alcoyana Alcoyana! van a ser novios adolescentes ad infinitum pero tranquilos los dos), te vas a tener que correr porque cuando vos pretendas algo diferente a lo que ya para esa altura tantos años vienen teniendo te vas a encontrar con que es imposible. Y no es de mal pibe, se trata en este caso de una imposibilidad. No puede y punto. Andate, en este caso, sin rencores. Pueden ser amigos, coger de vez en cuando y todo.
Otro más es el correcto. Este es proveedor, es casi nutricio. Va a prever que no te falte nada: comida, artículos de limpieza, ropa, belleza, calor, comodidad, transporte, etc. Vos vas a estar tan contenta al principo... porque vas a renovar tu guardarropas, capaz que hasta te haces un par de viajes, te blanqueas los dientes, haces la dieta en Figurella y vas a pilates cerca de tu casa. Todo eso. Salvo que un día te vas a dar cuenta de que sos Rapunzel y, lo peor de todo es que no tenes el pelo lo suficientemente largo como para que alguien pueda venir a rescatarte. Todo eso que te dio, mamita, no era gratis, y ahora te encontrás con que le debés muchísimo (se encargó de pasarte la factura a esa altura) y te queres ir a la mierda pero te pesa la culpa, la deuda moral. Con ropa nueva, pero te querés matar.
Uno más es El perfectoide. Ese te trata bien, vos ves al principio que anda de mil maravillas, que es bueno, que se preocupa por vos y te llama, te pasa a buscar. Es impecable. Es fácil. Te trata bien, como una reina. Y vos te sumergís en una vorágine de tantas cosas que cuando te querés dar cuenta pasaron dos semanas desde que le diste el teléfono y ya conocés al padre, a la madre, a los hermanos, los amigos, fuiste al casamiento del primo y bailaste el bals hasta con el perro embalsamado del abuelo y te sacaste fotos con las amigas de la novia de la cual aun no sabes el nombre. Te pusiste en la fila para sacarte el ramo y saltaste. Luego te quedaste el sábado a la noche cuidándole el sobrino viendo Backiardigans por la tele. Lo peor de todo es que no tenés la más puta idea de cómo llegaste ahí, pero estas en el baile y estas bailando como si supieras. No sé si es a drede o no, pero es una estrategia maravillosa para que no te detengas a pensar ni un segundo en lo que estás haciendo. Y el último, el mamero, del que tenés que huir sin preguntártelo siquiera es el que llama a su madre todos los santos días de Dios, que la llama, peor, tres o cuatro veces al día para contarle que se le enganchó el pantalón en una rama cuando se fue a comprar el sambuche a la esquina que, por cierto, no es ni será jamás como el que hace ella. Y que luego de verla en la comida semanal en la casa de mamuchi llega a su casa y lo primero que hace con desesperación es llamarla para contarle andá a saber qué carajo pasó en esos 15’ que pasaron entre que se fue de su mesa y llegó a su puerta.
En fin, podría seguir, podría seguir cualquiera que lea esto y opine, todas (y todos) tenemos algo para agregar.
La triste verdad es que ninguno está exento de todo. Ninguno está completamente fuera de alguna de estas categorias (y las otras que no he mencionado).

Se trata siempre de saber buscarlo, nadie es perfecto y para eso existe el perdón. En definitiva, el único acto de amor consiste en ceder, tambien en eso consiste la única manera.
O sea, hay esperanza.
Más allá de eso, siempre, siempre se trata de buenas y malas combinaciones.
Hubo uno que dijo alguna vez:
Cada cuerpo tiene su armonía y su desarmonía. En algunos casos la suma de armonías puede ser casi empalagosa. En otros, el conjunto de desarmonías produce algo mejor que la belleza.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Quid pro quo

Una amiga empezó a salir con un chico. Parece que el chico cumple con sus requisitos básicos (Porque todos tenemos requisitos básicos. Si no los tenés consultá a un médico o andá a recluirte en una ermita en el medio de la nada porque tu autoestima está por debajo de los niveles descriptos en los peores libros de psicología metafísica hallados en la biblioteca de Pirulo Berreta), que cumple con sus deberes amatorios, que no usa Cif crema para limpiar sus zapatillas (si, es Dora, es Dora) que habla bien, que no tiene celular por ende ni tiene faltas ortográficas detectables (ni deleznables) ni rompe las pelotas (Nada más desilusionador que un tipo entregado de entrada) a cualquier hora del día ni repetidas veces. Es más, le corta toda posibilidad de ponerse ella en ese lugar.
Y ella está contenta. Tiene síntomas espirituales (le brillas los ojos cuando se la agarra desprevenida, sonríe, habla diferente) y físicos (‘la tengo como un coliflor’ supo decirme, con profunda sinceridad). En fin. Me contaba que se vieron, que es ingenioso, que tiene sentido del humor, que piripipí.
Yo la escuchaba, por supuesto, con profunda envidia.
Unos días después me dijo:
‘ Podes creer? Me llamó mi ex! Justo ahora que he salido del círculo vicioso, o del ‘circo’ vicioso porque no me he tropezado más que con payasos de disfraces ridículos, mimos que hacen ‘como si’ y en realidad es que ‘no’, magos que desaparecen tras sus polvos fantásticos y maravillosos y malabaristas que mechan el tedio del matrimonio con la colorida experiencia de mi presencia en un telo de mala muerte. No sé. Yo tengo asumido que mi ex quedó en el pasado. Pero justo ahora el pelotudo tiene que aparecer?
La respuesta es sí. Puede pasar que él se entera (porque las historias con los ex que se jactan no se pierden tan fácilmente en el tiempo) que una encontró dónde mojar felizmente la vainilla y aparentemente ello va dejando de ser una merienda casual para pasar a ser un plato de la carta, sino el único y way! que a nadie le gusta perder la exclusividad (menos al ex, ese macho alfa que anda creyendo que una no puede olvidarlo), y también puede pasar que el universo con sus rayos cósmicos te lo pone en el camino. Y no sólo a él, sino a todos los demás. ¿A quién no le pasó que se pone a salir con un muchacho que más o menos va queriendo y de pronto, cuando en medio de un evento social te presenta un amigo que está más bueno que la mierda y tiene toda la onda, y que lo partirías en 38 pedazos en una noche de lujuria y lascivia rabiosa y ancestral... ahh... o peor, que el hermano esté como para hacer una copia en papel mache y ponerlo en la mesa de luz?. En fin. Son cosas que suceden porque una está a punto de tomar una decisión y estas cosas pasan, son las cosas que nos recuerdan que somos adultos y que tomar partido por una de las partes a la vez implica dejar de tomarlo por todas las demás (o por todos los demás), porque todo no se puede.
Eso no es gratis y la vida se encarga de probarte y de probarlo. Y no es de mala leche ni injusto, es una cuestión de orden, como si la burocracia divina estuviera instalándose entre nosotros para que el día que te des cuenta de que las cosas andan de mil maravillas y que tomaste la decisión correcta puedas incluso estremecerte con la sola idea de pensar en haber hecho lo contrario y, si en efecto hiciste lo contrario no tengas a quien reprochárselo porque la elección fue solamente tuya.
Siempre se trata de eso. De todas formas, ante el vértigo primario que produce lo antepuesto, el poeta viene a dejarnos una pista, un consejo, una soga en el medio de este pantano insulso de elecciones: ‘Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver.’

Salú!

lunes, 7 de septiembre de 2009

De cómo me di cuenta de que soy una histerica

Soñé que tenía pito. Un dia, cualquier dia, me levantaba y tenía un bulto debajo de la tanga, que sobresalía por los minúsculos elásticos que no daban a basto, que pedían que los liberase. Se veía un poco de piel abultada a traves del leopardo transparente de la prenda femenina, chiquitita.
No era un pitulín, o un minúsculo grano con forma de poronga. No no, era una señora batata, la reina de todas la batatas, colgándome ahí. Aclaro, me veo en la obligación de hacerlo, que yo no me habia convertido en un hombre. No, era yo, la misma de siempre, pero con pito.
Entonces andaba con mi pito para todos lados. Estaba feliz. Me encantaba tener pito.
Me imaginaba escalando montañas, haciendo negocios millonarios con el pito.
Me imaginaba mirando televisión con la mano en el pito (como hacen todos). Me imaginaba libre de culpa cuando quisiera rascarme en público, o acomodarme la chota para el lado que quisiera. Total, estaba excusada, tengo pito, puedo meterme la mano en el pantalos porque tengo pito. Era exquisito, una maravilla. De pronto todo era perfecto. Tenía todo, no me faltaba nada.
Me metí en la ducha, estuve largo tiempo allí. Le saqué lustre a mi chiche nuevo.
Hasta que me quise vestir. Ahí empezó el quilombo.
Me quise poner una bombacha y, por su puesto, quedaba todo al descubierto porque yo no tengo bombachas, tengo bombachitas. Cuando solucioné ese asunto, o me relajé, me quise poner el pantalón. Ah, mamita, qué incómodo que es incorporar el pedazo a mis jeans de mujer. Desistí de los chupines por absurdo, me dirigí a los comunes y corrientes y parecía Zulma Lobato. Un horror. Me pongo un vestido y se va a la mierda, pensé. Pero se notaba igual. Terrible, parecía una criatura del bestiario de Borges pero sin tanto fileteo literario. Era bizarro.
Me puse a llorar tirada boca abajo y hasta eso molestaba.
Me levanté, furiosa, y me tomé unos mates para relajarme. La luna de miel con el nuevo miembro se había ido al carajo.
Me dieron ganas de pronto de ir al baño y enfrentarme al inhodoro fue la peor parte del sueño ahora devenido en pesadilla. No le podía embocar ni de casualidad. No tenía ni pericia ni punteria.
Me desperté, la angustia del sueño mismo me despertó. No sé en qué hubiera derivado si hubiera seguido ahi.
Qué alivio - pensé - era un sueño.
Me miré la tanga y me alegré de que faltara, de que el leopardo cubriera por completo esa zona erógena.
Hice lo mismo que en mi sueño, pero sin pito.
Cuando finalmente salí de mi casa, a la distancia, no pude hacer más que reflexionar sobre el asunto: No hay poronga que me venga bien.