En esta época, en la que los roles se dispersaron, se alejan y se acercan, en donde se reivindican algunas cuestiones del ‘Otro sexo’ al decir de Simone, se nos ha dado ver ciertas crisis de identidad (‘ver’ en el mejor de los casos puesto que la mayoría la atraviesa sin derecho réplica) en el género que me convoca y al que, salvando algunas nimiedades, pertenezco.
Podemos decir (hemos dicho) que avanzamos en la madurez filogenética levantando la bandera de la falta digna. Salimos a revolear el estandarte femenino, como una camiseta de fulbo que supo ser sostén de nuestros triunfos y desdichas en el momento en que decidimos abandonar el cómodo sofá de la tibia restricción impuesta al género, estupenda excusa para colgarse de un marido pudiente a cambio de una eterna desidia frente a la tv o a la ventana que da al patio donde están los juegos de los niños en el mejor de los casos pero fuera de la casa paterna, para salir al campo de batalla y competir por el derecho a las mismas responsabilidad de los varones, a cambio de las mismas retribuciones y beneficios. Hemos así mismo incursionado en la independencia económica. Nos dimos el gusto de meternos con los vicios mal vistos y de tomar algunos toros por las astas. Y nos fue bien! Cómo negar las masculinas estadísticas.
Pero, porque siempre hay un pero entre las líneas femeninas, ningún cambio es sin crisis. Y conllevan incoherencias y otras yerbas.
El cisma generado de la boca para adentro de aquellas que se han animado a seguir este camino ha hecho trizas el monótono discurso de la histérica asociada al ‘rosa pijama’ y olor a tarta tibia y fijador de pelo y ha pasado a generar un conflicto en el seno mismo del primitivo diván freudiano. Es así como en esta bipolaridad encontramos que el DSM debería adjuntar un nuevo item a la histeria. O dos. Por una parte está la ruidosa plumona, la gallina, digamos a la ‘Afrodita’, y, por otro lado, a la mujer maravilla, the Rock, la ´Atenea’. La primera es sensual. Es la que anda con brillantes vestidos ultracortos y los labios con una carga extra de lipgloss embadurnando el dedito que tiene entre los labios, mientras con la otra mano se hace un rulito con una parte de su leonina melena por lo general rubia. Es calientapava por excelencia. Este espécimen se puede encontrar subida a un Porche Cayene, en el asiento del acompañante.
La segunda, por su parte, es su antítesis. Es la guerrera, como su nombre lo indica. Es la que todo lo puede sin que se vea afectada por nada. Está superada, como un paso más allá de la gilada. Es capaz de atravesarte con su taco aguja de 15 cm si te ponés en su camino y cada vez que pueda va a dejar como un pelotudo a secas al partenaire de turno.
Siempre las vamos a oír diciendo: ‘No hay hombres’. Este prototipo lo hallaremos detrás de un escritorio de una multinacional o adentro de un traje negro digno de una nurse alemana del siglo pasado. (Como sucede con todo, es raro ver una clase pura. Hablamos de un quantum, de tendencias hacia uno u otro lado de la línea).
Un rasgo común a ambas es que ninguna de las dos entrega.
Y es allí donde sobreviene el conflicto, donde la ‘digna falta’ es convocada para lo que allí fue puesta. O, para decirlo de una manera comprensible a simple vista, de coger ni hablar
Es en ese momento donde, al decir de Dora, nos agarra un ‘ataque de pánico’. Yo creo que la justa nominación de este síndrome es ‘ataque de concha’, liso y llano, donde ya desaparecen las diferencias entre ambos extremos el vector antes mencionados.
Es allí donde una debe parar las antenas. Dora me dijo: ‘Es increíble la capacidad que tengo de arruinarlo todo, porque en un segundo podría haber hecho desastres’ y tiene razón. A quien no le sobrevino una ansiedad en cantidades atroces cuando a la espera de un llamado siente que la cabeza le está a punto de explotar? Quien no se la mandó en colores cuando recibió una respuesta non grata?
Son los asuntos 'del amor', eternamente circunscriptos a nosotras, lo que nos mueve el piso de una forma insoportable. Es ahí no tenemos ni idea qué hacer.
Pero calmaos mujeres, que es una baldosa más en este camino amarillo que nos conducirá al equilibrio. Como no tenemos la ayuda de los zapatitos colorados de las amas de casa de antes, se hace aparentemente difícil, pero no imposible.
Como dije antes, estamos en crisis y las crisis arrebatan. Hay que tener paciencia.
Y valor, mucho valor.
Verdad: 1
Hace 14 años

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