miércoles, 16 de septiembre de 2009

Quid pro quo

Una amiga empezó a salir con un chico. Parece que el chico cumple con sus requisitos básicos (Porque todos tenemos requisitos básicos. Si no los tenés consultá a un médico o andá a recluirte en una ermita en el medio de la nada porque tu autoestima está por debajo de los niveles descriptos en los peores libros de psicología metafísica hallados en la biblioteca de Pirulo Berreta), que cumple con sus deberes amatorios, que no usa Cif crema para limpiar sus zapatillas (si, es Dora, es Dora) que habla bien, que no tiene celular por ende ni tiene faltas ortográficas detectables (ni deleznables) ni rompe las pelotas (Nada más desilusionador que un tipo entregado de entrada) a cualquier hora del día ni repetidas veces. Es más, le corta toda posibilidad de ponerse ella en ese lugar.
Y ella está contenta. Tiene síntomas espirituales (le brillas los ojos cuando se la agarra desprevenida, sonríe, habla diferente) y físicos (‘la tengo como un coliflor’ supo decirme, con profunda sinceridad). En fin. Me contaba que se vieron, que es ingenioso, que tiene sentido del humor, que piripipí.
Yo la escuchaba, por supuesto, con profunda envidia.
Unos días después me dijo:
‘ Podes creer? Me llamó mi ex! Justo ahora que he salido del círculo vicioso, o del ‘circo’ vicioso porque no me he tropezado más que con payasos de disfraces ridículos, mimos que hacen ‘como si’ y en realidad es que ‘no’, magos que desaparecen tras sus polvos fantásticos y maravillosos y malabaristas que mechan el tedio del matrimonio con la colorida experiencia de mi presencia en un telo de mala muerte. No sé. Yo tengo asumido que mi ex quedó en el pasado. Pero justo ahora el pelotudo tiene que aparecer?
La respuesta es sí. Puede pasar que él se entera (porque las historias con los ex que se jactan no se pierden tan fácilmente en el tiempo) que una encontró dónde mojar felizmente la vainilla y aparentemente ello va dejando de ser una merienda casual para pasar a ser un plato de la carta, sino el único y way! que a nadie le gusta perder la exclusividad (menos al ex, ese macho alfa que anda creyendo que una no puede olvidarlo), y también puede pasar que el universo con sus rayos cósmicos te lo pone en el camino. Y no sólo a él, sino a todos los demás. ¿A quién no le pasó que se pone a salir con un muchacho que más o menos va queriendo y de pronto, cuando en medio de un evento social te presenta un amigo que está más bueno que la mierda y tiene toda la onda, y que lo partirías en 38 pedazos en una noche de lujuria y lascivia rabiosa y ancestral... ahh... o peor, que el hermano esté como para hacer una copia en papel mache y ponerlo en la mesa de luz?. En fin. Son cosas que suceden porque una está a punto de tomar una decisión y estas cosas pasan, son las cosas que nos recuerdan que somos adultos y que tomar partido por una de las partes a la vez implica dejar de tomarlo por todas las demás (o por todos los demás), porque todo no se puede.
Eso no es gratis y la vida se encarga de probarte y de probarlo. Y no es de mala leche ni injusto, es una cuestión de orden, como si la burocracia divina estuviera instalándose entre nosotros para que el día que te des cuenta de que las cosas andan de mil maravillas y que tomaste la decisión correcta puedas incluso estremecerte con la sola idea de pensar en haber hecho lo contrario y, si en efecto hiciste lo contrario no tengas a quien reprochárselo porque la elección fue solamente tuya.
Siempre se trata de eso. De todas formas, ante el vértigo primario que produce lo antepuesto, el poeta viene a dejarnos una pista, un consejo, una soga en el medio de este pantano insulso de elecciones: ‘Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver.’

Salú!

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