sábado, 3 de abril de 2010

Es una posibilidad, no sé...

El otro día una amiga me contaba una situación que tuvo, a través de la cual se recibió de ingenua, o que, luego reflexionamos, ese fue su bautismo de fuego.
Advertencia: Invito a que en este momento se retiren aquellas y aquellos cuya reacción ante la manifestación de soledad sea del órden de lo angustioso ya que lo que van a 'ver' a continuanción tiene directa relación con eso.
En fin, mi amiga, llamémosla Dora (cuándo no) estaba con ánimo festivo pero sin con quién compartirlo entonces decidió hacerlo dignamente, y sola.
Se metió en un bar, el que más le gustó (esas delicias de la libertad) y se acodó en la barra. 'Una mesa para mi sola hubiera sido patético' me dijo, cuando me contaba lo que sigue.

Agarró la carta y eligió. Como le gusta el vino tinto estaba apunto de pedirse una copa cuando en un fugaz cálculo mental se dio cuenta de que no iba a tomar una sola, y que a tal efecto le convenía comprar la botella entera y que quede lo que quede (otra delicia de la libertad).
Entonces estaba ella, diva, sentada en la barra con el tubo lustroso y apetecible en frente, y la copa que ya empezaba a tener estrias violetas y alguna que otra marca de pintalabios por el borde.
El punto fue que el cálculo le quedó corto y no pensó en la otra cara de la moneda: la copa acorta el límite, el tubo te abre la puerta a un mundo de sensaciones. Y ella no era de las que se caracterizan por su determinante fuerza de voluntad.
Lo peor es que se dio cuenta del asunto cuando estaba alegremente hablando con el de la barra (que no sé por qué me lo imagino como el marinero de Los Simpsons), y cuando se dio vuelta en su butaca y vio que el ambiente se tornada un poco denso vio que sería hora ya de arrancar. Le duró poco. El señor de la barra la volvió a distraer contándole sobre los orígenes del bar (a Dora le gustan indefectiblemente los tugurios, no hay tu tía) y ella, codito deslizado hacia adelante, el puñito cerrado dejando el lugar suficiente para apoyar la mejilla de turno escuchaba atenta mientras que empinaba la copa, siempre llena, con la mano libre.
Y la cosa se iba poniendo gomosa, andaba ya en ese estado de encapsulamiento mental que únicamente aquel que ha tomado vino con el estómago vacío es capaz de entender. Uno sabe dónde está, se cree conciente y capaz de tomar decisiones correctas y saludables. Uno apuesta a que tiene todos los reflejos y que haría cosas sin que los demás se enteren que tiene un pedo álgido, y que podría irse como una princesa si quisiera.
Recreo la conversación final.
- Este lugar era un teatro antes, viste que tiene algnos recovecos raros...
- Ah, se... - dijo ella, interesada.
- Es más, atrás hay un espacio en donde se juntaban a ensayar musicos que hoy son famosos, pero en aquel momento andaban tocando por lugares como este. Estpa muy bueno, las paredes escritas...
- Mirá vos...
- Sí... querés que te lo muestre?
- Y bueno, dale, mostrámelo.
Y luego, cuando de nuevo volvía en taxi con las tetitas de goma en la mano porque no entraban en la carteríta de bataclana que prometió no volver a usar hasta que estuviera dignamente acompañada, se dio cuenta de que era todo mentira (sobre todo cuando en una fisura del efecto del vino de cuarta que habia tomado logró preguntarse 'qué hago acá!') de que lo barato sale caro y de que, encima, no iba a poder volver a ese lugar.
Es una pena.

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