lunes, 7 de septiembre de 2009

De cómo me di cuenta de que soy una histerica

Soñé que tenía pito. Un dia, cualquier dia, me levantaba y tenía un bulto debajo de la tanga, que sobresalía por los minúsculos elásticos que no daban a basto, que pedían que los liberase. Se veía un poco de piel abultada a traves del leopardo transparente de la prenda femenina, chiquitita.
No era un pitulín, o un minúsculo grano con forma de poronga. No no, era una señora batata, la reina de todas la batatas, colgándome ahí. Aclaro, me veo en la obligación de hacerlo, que yo no me habia convertido en un hombre. No, era yo, la misma de siempre, pero con pito.
Entonces andaba con mi pito para todos lados. Estaba feliz. Me encantaba tener pito.
Me imaginaba escalando montañas, haciendo negocios millonarios con el pito.
Me imaginaba mirando televisión con la mano en el pito (como hacen todos). Me imaginaba libre de culpa cuando quisiera rascarme en público, o acomodarme la chota para el lado que quisiera. Total, estaba excusada, tengo pito, puedo meterme la mano en el pantalos porque tengo pito. Era exquisito, una maravilla. De pronto todo era perfecto. Tenía todo, no me faltaba nada.
Me metí en la ducha, estuve largo tiempo allí. Le saqué lustre a mi chiche nuevo.
Hasta que me quise vestir. Ahí empezó el quilombo.
Me quise poner una bombacha y, por su puesto, quedaba todo al descubierto porque yo no tengo bombachas, tengo bombachitas. Cuando solucioné ese asunto, o me relajé, me quise poner el pantalón. Ah, mamita, qué incómodo que es incorporar el pedazo a mis jeans de mujer. Desistí de los chupines por absurdo, me dirigí a los comunes y corrientes y parecía Zulma Lobato. Un horror. Me pongo un vestido y se va a la mierda, pensé. Pero se notaba igual. Terrible, parecía una criatura del bestiario de Borges pero sin tanto fileteo literario. Era bizarro.
Me puse a llorar tirada boca abajo y hasta eso molestaba.
Me levanté, furiosa, y me tomé unos mates para relajarme. La luna de miel con el nuevo miembro se había ido al carajo.
Me dieron ganas de pronto de ir al baño y enfrentarme al inhodoro fue la peor parte del sueño ahora devenido en pesadilla. No le podía embocar ni de casualidad. No tenía ni pericia ni punteria.
Me desperté, la angustia del sueño mismo me despertó. No sé en qué hubiera derivado si hubiera seguido ahi.
Qué alivio - pensé - era un sueño.
Me miré la tanga y me alegré de que faltara, de que el leopardo cubriera por completo esa zona erógena.
Hice lo mismo que en mi sueño, pero sin pito.
Cuando finalmente salí de mi casa, a la distancia, no pude hacer más que reflexionar sobre el asunto: No hay poronga que me venga bien.

2 comentarios:

  1. no te angusties yo te presto la mia cuando la extrañes, lo que vos a cambio enseñame como hacer negocios multimillonarios con la chota!!!

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  2. Tu reflexion es hartisimo femenina: cuando lo tengo, no me alcanza.
    No te hagas problema Diego. Bienvenido al clú!

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